Hoy, 14 de marzo, nos reunimos bajo el brillo del color amarillo. No es una elección al azar.
Celebramos el nacimiento de mentes que desafiaron lo establecido y recordamos la constante del número Pi: ese símbolo de lo infinito, como lo es el potencial humano. Estamos aquí para hablar de las Altas Capacidades, pero, sobre todo, estamos aquí para hablar de oportunidades.
A menudo se piensa que la Alta Capacidad es un regalo que lo hace todo fácil. La ciencia y la realidad de nuestras familias nos dicen algo muy distinto. Tener Alta Capacidad no es un privilegio; es una forma diferente de procesar el mundo. Es una intensidad emocional que a veces desborda, una curiosidad que no descansa y una asincronía entre lo que el niño comprende y lo que el niño siente.
Entender esto es el primer paso para la justicia social. No estamos pidiendo más que a los demás; estamos pidiendo que cada alumno reciba lo que necesita para no apagarse. Porque el talento que no se cultiva, se pierde; y una sociedad que pierde su talento, hipoteca su propio futuro.
Debemos romper los mitos que castigan el potencial. Un niño con altas capacidades no siempre es el que saca dieces; a veces es el que se aburre en la última fila, el que cuestiona porque necesita entender, o el que fracasa porque el sistema no le ofrece un reto a su medida.
Nos preocupa especialmente la invisibilidad de nuestras niñas. Aquellas que, por el deseo de encajar, silencian su brillantez. Y nos preocupa que, sin una identificación a tiempo, entre el 50% y el 70% de estos alumnos terminen en el desánimo escolar. No es una cifra, son nombres y apellidos, son vocaciones rotas que debemos rescatar.
La ley nos ampara, pero la voluntad nos impulsa. La LOMLOE reconoce este derecho, y hoy tendemos la mano a nuestras instituciones y centros educativos para convertir la norma en realidad.
Proponemos:
- Detección precoz: Que el talento se identifique antes de que la desmotivación lo oculte.
- Flexibilidad y reto: Que el sistema sea lo suficientemente valiente para permitir que cada uno avance a su ritmo.
- Formación docente: Ver al profesorado como nuestro mejor aliado. Queremos docentes formados que no vean un problema en la pregunta aguda del alumno, sino una chispa que puede encender a toda la clase.
Queremos que nuestras ciudades se iluminen de amarillo, sí, pero queremos que esa luz permanezca en las aulas todo el año. Debemos proteger la salud emocional de estos menores. Nadie debería sentirse un «bicho raro» por pensar diferente. Necesitamos entornos que validen quiénes son, no solo lo que producen.
Concluyo con una invitación a todos los presentes: CAMBIEN LA MIRADA. Miren a estos niños y jóvenes no como un reto de gestión, sino como el motor de la sociedad del conocimiento que estamos construyendo. Cuidar de ellos no es un favor; es nuestra mayor responsabilidad colectiva.
¡Por un futuro donde cada niño y niña pueda brillar con luz propia!